Un Nuevo Cambio De Paradigma: La Inteligencia Emocional Como Herramienta

 

 

 

Hemos asistido últimamente a varios eventos educativos, IX Congreso Mundial de Educación y Congreso de Innovación educativa: Dislexia, TDAH y Adopciones. Se extraen, de las conclusiones de ambos, verdades irrefutables y conocidas: nos encontramos en tiempos de cambios, debemos revisar nuestro quehacer docente, nuestro papel de gestor del aula, nuestros objetivos, la necesidad de formar personas socialmente activas y éticamente responsables en la aldea global en la que se desarrollarán sus competencias… Al mismo tiempo, estamos obligados a desechar una metodología basada en el aprendizaje exclusivamente memorístico, en un sistema de Enseñanza / aprendizaje basado en el libro, sustituirlo por aprendizaje bimodal en el que tiene un papel preponderante las TIC (tecnologías de la información y la comunicación) y las Tac (Tecnologías del aprendizaje y del conocimiento) y que potencie que aflore en cada niño  la inteligencia predominante, es decir, que se desarrolle el talento por el que aboga insistente y muy acertadamente J. A. Marina.   

Hemos oído hablar de un concepto clave: “cambio de paradigma” con todas las connotaciones que lleva implícitas y que ya hemos citado: aprendizaje bimodal y liderazgo tecnológico, desarrollo personal y emocional, educar en la internacionalización lingüística y cultural, innovación  y metodología ad hoc. En suma, pues,  en el más amplio sentido de la palabra, y como sustrato que permita hacer de todas estas premisas una realidad, la Inteligencia Emocional. Pero deberíamos desgranar a un mayor nivel de concreción lo que se entiende por la Inteligencia Emocional, defendida por Daniel Goleman, quien desde un primer momento, plantea la clásica discusión entre cognición y emoción de un modo novedoso. Tradicionalmente se ha asociado lo cognitivo con la razón y el cerebro, y por tanto con lo inteligente, positivo, profesional, científico, apolíneo, académico, principio de realidad, etc. Mientras que lo emocional se ha asociado con el corazón, los sentimientos, lo femenino, la pasión, los instintos, etc. Es decir, tradicionalmente lo racional se ha considerado de un nivel superior a lo emocional. Goleman plantea el tema dándole la vuelta, y ensalzando la parte emocional por encima de la racional en un momento en que comienza a cuestionarse la supremacía del hemisferio izquierdo del  cerebro sobre el derecho, cuestión que había definido los últimos años del siglo XX. Propugna un cambio muy en la línea de que la eficiencia, el saber hacer y la efectividad radica en la suma de la Inteligencia intrapersonal e interpersonal, atendiendo a los conceptos que se barajan en la teoría de las Inteligencias Múltiples que preconiza Howard Gardner.  Sobre todo porque, todo lo expuesto, confluye en un mismo punto, ese cambio de paradigma que desemboque en un cambio de la práctica docente en nuestros colegios que “prepare realmente a nuestros alumnos”.

Hablar de IE es conocer las investigaciones en el mundo de la neurociencia y, lo que puede resultar más complicado, su aplicación al aula.

Es una evidencia constatable que nuestro Sistema Educativo tradicional que se encuentra en crisis así como lo denota el, conocido y reiterado, fracaso escolar, no genera alternativas creativas para vincular la Educación al  mundo laboral al que se enfrentarán nuestros alumnos. En los momentos actuales,  estamos en constante cambio y precisamos “estar preparados”. Ese es el reto, y tanto lo intrapersonal como en lo  interpersonal tiene mucho que aportar a los resultados que se pueden obtener.

Hoy en día, necesitamos ya ser altamente competentes en el manejo de habilidades, destrezas, potencialidades y capacidades para mejorar la sociedad en la que nos encontramos inmersos y, por ende, nuestras condiciones de vida. Pero no es menos importante, saber manejar nuestras emociones para hacer de cada parámetro una fortaleza.

Este interactuar debe ser consciente en nuestro autoconocimiento, en el manejo de emociones propias y ajenas, en el motivarse y motivar a los demás, en el saber reconocer emociones ajenas y en el poder relacionarse con los demás.
Es decir, utilizar la inteligencia que nos ocupa como una alternativa de aprendizaje para potenciar en nuestros estudiantes, desde nuestros centros, las destrezas para interactuar inteligentemente con el manejo de sus emociones en su entorno social.
Si sabemos conocernos desde nuestro interior nos valoraremos como personas, podremos reaccionar con efectividad ante los nuevos retos que nos impone la aldea global, nos adaptaremos a los cambios acelerados de la posmodernidad sin perder la perspectiva de lo que somos, seremos productivos pensando siempre en el servicio y beneficio social por encima del personal, en trabajar en equipo y no individualmente para, finalmente, construir una sociedad justa y equitativa con oportunidades para todos.

La IE tiene como sustento al carácter multifactorial de las inteligencias, es decir las Inteligencias Múltiples.

Salovey y Mayer, los primeros en formular el concepto de IE, definen cinco grandes capacidades que le son inherentes, de las cuales Goleman dice que son vitales a la hora de valorar la Inteligencia de las personas: tres se corresponden con la Inteligencia Intrapersonal (Autoconciencia, Autorregulación y Motivación) y dos con la Inteligencia Interpersonal (Empatía y Destrezas sociales).

Hoy los docentes nos debemos comprometer para que los centros educativos  sean los formadores de personas inteligentemente emocionales, creativas y emprendedoras, es decir, debemos movernos, nuevamente, en el terreno de la Educación Emocional. Ello supone replantear, tal como ya se he comentado con anterioridad, el currículo escolar y , además,  brindar herramientas académicas básicas como el manejo efectivo del lenguaje, el trabajo empático y en equipo, la resolución de conflictos, la creatividad, el liderazgo emocional, …
Una vez expuesta la importancia de la inteligencia emocional en el contexto y  marco de inteligencias múltiples, deberíamos abordar, como paso siguiente, las  competencias que conllevan como factor esencial para la prevención y el desarrollo personal y social. El desarrollo de la competencia emocional, considerada entre otros  por Rafael Bisquerra como una competencia básica para la vida, desemboca en la educación emocional, con los tres componentes que implica el término “emoción”: el neurofisiológico, el conductual y el cognitivo.

Los centros educativos no podemos mantenernos al margen de todo esto. Existen estudios en USA que avalan que los niños que son educados en programas basados en la Inteligencia Emocional desde los dos años , tras cuatro años, son más empáticos, independientes, apenas plantean problemas de conducta y trabajan cooperativamente con una habilidad mayor que los que no se han sumergido en programas de este tipo. Incluso, si hablamos de resultados académicos, obtiene mejores calificaciones en competencias básicas (lengua y matemáticas).

Los estudios realizados en España, refuerzan los resultados anteriores.  Así pues, expertos como  Fernández Berrocal,  Extremera o Durán y Rey, tras años de investigación, publican los resultados de su trabajo de lo que se desprende que los niños educados en IE son menos proclives al estrés, ansiedad, pesimismo o tendencia a la agresividad. Sienten una satisfacción personal mayor, tiene una mejor calidad de vida, poseen empatía y aptitudes para trabajar cooperativamente, es decir, están capacitados para obtener mejores resultados académicos. Incluso llegan a afirmar con contundencia:   “las personas con falta de habilidades (…en IE…)  pueden recurrir al consumo de drogas como una forma externa de autorregulación para disminuir, ocultar o eliminar sus estados emocionales negativos o para generar estados emocionales más agradables”.

De todo docente es sabido que un niño emocionalmente equilibrado está preparado para el aprendizaje. Si consideramos esta premisa como irrefutable, tendremos que plantearnos qué precisamos modificar en cuanto a nuestros objetivos: asignar contenidos, planificar actividades, estrategias de intervención, etc., para poder diseñar programas de intervención que se implanten, se realice un seguimiento posterior y, en último término, se  evalúe a medio plazo, pues tal como afirma Fernández Berrocal, “en el ámbito educativo, los buenos cambios son difíciles de detectar a corto plazo” .

 

Los objetivos que se persiguen con la implantación de la I. E. en los centros educativos , siguiendo los postulados e investigaciones de Rafael Bisquerra, consisten en: detectar casos de pobre desempeño en el área emocional; conocer cuáles son las emociones y reconocerlas en los demás, así como sentimientos y  estados de ánimo; enseñarles a modular y gestionar la emocionalidad; desarrollar la tolerancia a las frustraciones diarias; ofrecerles estrategias para adoptar una actitud positiva ante la vida; prevenir conflictos interpersonales; mejorar la calidad de vida escolar, familiar y comunitaria y, por tanto,  aprender a vivir con calidad.

Para conseguir este objetivo se hace necesaria la figura de un nuevo Profesor, con un perfil distinto al que estamos acostumbrados a ver normalmente y que aborde el proceso de “ALFABETIZACIÓN EMOCIONAL” de manera eficaz para sí y para sus estudiantes. El nuevo Profesor debe ser conocedor de las últimas aportaciones importantes a favor de la emoción por parte de la investigación científica (psicología cognitiva, psicología social, neurociencia), estar, por tanto,  formado en la aplicación práctica en el aula de la teoría der las Inteligencias Múltiples, saber educar en Inteligencia Emocional desde la transmisión de  modelos  que partan del ejemplo personal.

Aprendizaje bimodal, liderazgo tecnológico, internacionalización, innovación, inteligencias múltiples, neurociencia… suponen asumir, desde el entusiasmo, el convencimiento y la predisposición al cambio, la necesidad de en nuevo paradigma educativo que se sustente en las premisas de una Educación Emocional.

 “Aprende a gestionar el cambio antes de que el cambio te gestione a ti”. Los educadores estamos obligados éticamente a ser también “maestros” en el arte de la gestión del cambio, a enseñar a nuestro alumnos a ser flexibles y, en la medida de lo posible y desde una posición proactiva , a adelantarse a lo que les deparará el futuro o, dicho de otro modo, a ser visionarios.

Susana Manrique Martínez
(Adjunta a la Dirección General de Centros)