| 05/07/2012

Triunfo y derrota

Luís Rodríguez (padre de alumna de 1º de ESO) /

 

 

Una reflexión sobre la competitividad y el esfuerzo

El triunfo es uno de los mayores acicates para nuestro crecimiento. Sentir que hemos mejorado, que superamos nuestras marcas anteriores, que somos mejores en cualquier aspecto, nos llena de una sensación de satisfacción personal enorme. Pero, claro, para obtener triunfos uno debe enfrentarse a la posibilidad, dolorosa y frustrante, de la derrota. Caer derrotado significa verse en la situación de reconocer que uno no es ese ser óptimo e insuperable que se había formado en su imaginación. A nuestros alumnos, a nuestros hijos, les cuesta aprender a tolerar la frustración, tanto o más que a nosotros mismos. Sin embargo, a través de la práctica continuada y de enfrentarse al error, poco a poco se va aprendiendo a superarse uno mismo, a mejorar. Es difícil aprender nada si no es a través del intento infructuoso que te muestra qué camino seguir para superar ese obstáculo.

La humildad nace de la consciencia de los propios errores. Saber que no somos perfectos, que nos equivocamos, es lo que nos guía por el camino de saber reconocer los triunfos de los demás y seguir esforzándonos sin caer en el estatismo de creernos superiores. Es en el momento de la derrota en el que más aprendemos. Y ese camino es el que nos lleva a aprender a competir.

Si nos atenemos a su etimología, competir significa esforzarse conjuntamente para conseguir un objetivo. En el diccionario de sinónimos, una de sus acepciones es rivalizar. Y es aquí donde debemos intervenir. Mientras contemplemos la competición como una suma de esfuerzos positiva que busca nuestra propia mejora, estaremos en el buen camino. Cuando haya errores, fallos, derrotas, los podremos ver como una herramienta más de aprendizaje, de crecimiento. Sin embargo, si nos quedamos con esa opción de rivalizar, no serán nuestros éxitos los que nos llenen de orgullo. Serán las derrotas del contrario las que nos estimulen. Y no es de los errores ajenos de donde aprendemos, habitualmente. Esa tendencia a fijarse más en los fallos ajenos que en los propios solo nos lleva a la complacencia, con lo que poco podremos mejorar. Competir ha de significar esforzarse, mejorar, aprender, en definitiva, crecer. Pero jamás ha de ser un sinónimo de rivalizar, en su acepción más negativa, diga lo que diga el diccionario. Al menos, no en lo que a nuestros hijos y alumnos se refiere.