| 23/01/2012

Reflexiones en torno a sus juegos, los juguetes, y nuestra actitud frente a ellos

Encarna Leiva Prados (Psicóloga de Àgora Patufet) / Actual Edu

Cuantas veces algún adulto se habrá dicho mirando a su hija o hijo, manipulando cualquier cosa, dejándola caer, equivocándose en una u otra pieza, tratando de entender un mecanismo… “Sólo está jugando…”. Y no le habrá dado la más mínima importancia. Nos ha pasado a todos. Pero con un poquito más de atención y desde una mirada tranquila, podemos encontrarnos algo realmente sorprendente, sea cual sea la etapa en la que se encuentre nuestro pequeño. Podemos ver sus ojos entusiasmados, su concentración, su orgullo, cómo va probando una y otra vez sin descanso, cómo se entrega a la actividad que sea, en grupo o individualmente, abstrayéndose de todo lo demás… cómo ríe satisfecho del logro conseguido…Ahí están pasando muchas cosas, su cerebro es un hervidero de conexiones neuronales. Sí, está jugando. Nada más, y... ¡nada menos!

Gianni Rodari, destacado escritor, pedagogo, autor del ya clásico “Gramática de la Fantasía” (os lo recomiendo si no lo habéis leído), ya escribió: “los niños tienen una grandísima capacidad de trabajo, de esfuerzo continuado dirigido a una meta: basta con ver cómo juegan”.

¿Cuándo empezamos a jugar? Podemos hacer un breve repaso del desarrollo del ser humano. Aprendemos jugando. Jugar es aprender. Así iniciamos desde bien pronto un diálogo con lo que nos rodea. El bebé un buen día descubre sus manitas y las posibilidades que le ofrecen. Empezará a experimentar con ellas y a tocar objetos que se encuentran a su alcance. De esta manera, va integrando sensorialmente texturas y formas y va trabajando el enfoque y la coordinación. Los resultados son tan interesantes que querrá repetir una y otra vez. Incluso un buen día, tratando de alcanzar algo demasiado lejos, ¡zas! Se da la vuelta. Se inicia un universo de nuevas posibilidades desde aquí.

El juego se convierte en el aliado del bebé para apropiarse del mundo, para entender su funcionamiento.

Y llegaremos a los “terribles dos años”, ¿terribles?, el poder utilizar el lenguaje y la capacidad de simbolización va a abrir extensos horizontes a sus actividades, que se enriquecen sin límite gracias a la desbordante imaginación. Todo es posible, y a partir de ahí, una piedra “es un coche que venía volando y se encontraba con la princesa, que es esta goma de borrar, y tú entonces hacías ver que eras el malo que quería cogerlos…”.

Dentro de poco, unos años más, y vendrán las reglas en juegos más estructurados, en donde cada uno sabe qué tiene qué hacer y cómo, donde se vigila a los tramposos y se compite en rapidez, destreza, habilidad física o mental.

¿Qué juguetes van bien? Como vemos, cada edad tiene lo suyo, sus características y necesidades. Es bueno, como papás y mamás, que vayamos acompañando a nuestros hijos e hijas en sus diferentes etapas del desarrollo.

Para los más pequeños, siempre teniendo en cuenta que nada va a sustituirnos como compañeros de juegos, que nuestra presencia es imprescindible en sus primeros meses, los juguetes más adecuados son aquellos que permiten la manipulación, que tienen vivos colores, tacto agradable y variado e incluso que puedan hacer algún sonido. Mirad, por supuesto que sean colores sólidos y en absoluto tóxicos (además de con las manos, empezamos experimentando con la boca…). No hacen falta muchos objetos, el bebé tiene tantas cosas que hacer, tanto que integrar, que puede pasarse horas coordinando sus manitas con un peluche.

Para más adelante destaco juguetes que permiten desarrollarse en el movimiento e iniciarse en las interacciones, como pueden ser las pelotas, el juguete estrella por excelencia. Empezad por las grandes y blanditas. Igualmente cualquier material que permite un juego motor nos puede ir de maravilla cuando nuestro pequeño tiene uno o dos años.

Os recomiendo, sobre todo para niños menores de tres años, tal como dice Yolanda González en su libro “Amar sin miedo a malcriar”, que optéis por juguetes sencillos y utilicéis objetos de la vida cotidiana (botellas, cartones, recipientes varios…) “Cuanto menos realistas y estructurados estén los juegos, mayor será la imaginación a desarrollar”.

Los juguetes y los juegos en sí se van sofisticando a medida que entramos en edades “más escolares”. Empezarán a tener aceptación los juegos de ingenio, estrategias, los puzles o los juegos de mesa de toda la vida. En estas edades también veréis que entra con mucha fuerza la televisión y sus mensajes publicitarios de cara a captar a los más pequeños para el consumo. Podemos mediar aquí, como adultos, tratando de suavizar ese impacto, ofreciendo alternativas más “saludables”: jugar nosotros con ellos, favorecer espacios de encuentro con amiguitos, facilitar la experimentación, el juego al aire libre, etc.

Para terminar, aquí os dejo otra cita, esta vez de A.S. Neill, destacado pedagogo del pasado siglo: “los males de la civilización provienen de niños que no han jugado bastante”.

Así pues, prestemos atención a sus juegos, favorezcamos lo lúdico y ¡disfrutemos de estos momentos mágicos con nuestros pequeños!