| 21/03/2011

Mi adicción al tabaco

Beatriz Betogón Navarro (profesora de Primaria y de Apoyo Psicopedagógico) / Actual Edu

Hola a todos vosotros, lectores del diario digital Nace. La polémica por la implantación de la Ley antitabaco sigue coleando entre la población española, evidentemente esta medida repercutirá sobremanera en la actividad económica de alguna personas, lo sé … pero nunca podemos olvidar que el tabaco mata.

Quiero contaros un relato que os podría decir de otra persona, pero no,  es mi historia.

Nací entre el humo de los  cigarrillos marca Jean de mi padre y del Paxton mentolado de mi madre.  Todas nuestras  actividades familiares se encontraban  impregnadas  de algún modo por el humo del tabaco.  Fumar, entonces,  no solo era un placer sino una imagen, una necesidad social, una obligación. Nadie entonces se planteaba la bondad o no del hecho de fumar.

Empecé a dar las primeras caladitas siendo casi una niña. Mi primer paquete lo compré junto con mi prima a los once años, “Piper mentolado”, para demostrar  a los adolescentes con los que realizábamos un cursillo de esquí que  éramos tan mayores como ellos y poder así entrar en sus  fiestas.

El camino a la adicción había comenzado. Primero a escondidas sentada en el quicio de la ventana del cuarto de baño junto a mi hermana, en la casa de una amiga o  en los futbolines de la esquina. Uno o dos a la semana.  Aquellos primeros cigarrillos sabían fatal, no me atrevía a tragar el humo, me mareaba y tenía unas ganas tremendas de vomitar. Aquello era realmente asqueroso, tendría que esforzarme para poder continuar.

Pasados los años estaba totalmente enganchada. Mi vida entera asociada al “Ducados”, o a lo que fuera, fumaba todo lo que caía en mis manos, negro, rubio, mentolado, de liar.

Era incapaz de parar, con fiebre, con bronquitis, en sitios cerrados,  al salir de una tienda, en el autobús, en el metro...en fin, en cualquier lugar.

Y es que la nicotina, compuesto incoloro y aceitoso, es la droga existente en los cigarrillos produciendo la adicción del fumador. Y que nadie lo olvide, la nicotina es una de las drogas más duras que existen.

Es la nicotina, por tanto, la que me había convertido, sin yo darme cuenta,  en un yonqui del tabaco, física y mentalmente. Drogadicta de por vida. Había llegado a una situación en la que era incapaz de hacer las cosas más simples, físicas o mentales, sin antes encender un cigarrillo. Creía  firmemente que me gustaba fumar, lo consideraba mi hobby  favorito, mi compañía... Pero no,  no, el responsable de mi dependencia al cigarrillo era la nicotina, esas dosis que debía ingerir cada vez más frecuentemente.

No hace mucho llegué al punto en el que comencé a considerar el daño que estaba sufriendo por el tabaco… me estaba matando: no podía reír, tosía continuamente, fatiga, tenía falta de aire y de energía en general.

Sin embargo, debido a una serie de circunstancias extraordinarias, que no implican ningún mérito por mi parte, me resultó fácil dejar de fumar.

Fue en el mes de agosto de hace ocho veranos cuando encontré por casualidad a mi  mejor amiga de la infancia, mi compañera de colegio, cómplice de  escapadas y fumadora empedernida como yo.  Estuvimos contándonos de nuestras vidas, y recordando aquellos años dorados de infancia y posterior adolescencia. Pude observar  en ella una tos especial que enseguida reconocí como mía propia. A mediados de septiembre, ya en Madrid,  alguien me habló de ella, de su enfermedad, metástasis de pulmón y cerebro.

Quizá su rápida muerte fue el detonante, yo estaba aterrada.  Obsesionada, no hablaba de otra cosa. Reconozco que fueron muchas personas las que me escucharon pacientemente y me dieron acertados y desinteresados consejos.  A todas ellas hoy les doy las gracias.

A partir de aquel momento comencé el proceso de desintoxicación: información correcta y precisa sobre las adiciones, sabios consejos por parte de mi médico de cabecera, un medicamento apropiado, palabras precisas como “Bea, eres una enferma y necesitas ayuda”; el apoyo de muchas personas, mucha voluntad por mi parte, inmensas ganas de vivir y  el terror al eterno enemigo de la raza humana el cáncer y su muerte cruel. El 8 de febrero de aquel año encendí el último de mis cigarrillos. Una segunda oportunidad. Desde ese día mi vida cambió. La mejoría comenzó desde el primer momento, además te sientes LIBRE de una dependencia que te ha tenido atada durante años.

La polémica por la implantación de la Ley antitabaco  está servida, pero no podemos olvidar que el tabaco finalmente, mata. Por ello desde esta página y como educadora me gustaría transmitiros a todos los que os estéis iniciando en esta adicción, que os lo penséis, no caigáis en los que otros por desconocimiento caímos. Merece la pena una vida sin tabaco.

Me considero afortunada. Necesito dar las gracias a todos los que me apoyaron y me apoyan en todos los momentos de mi vida.