| 21/11/2011

Formemos buenas personas

Rafael Barea Roig (Director colegio Ágora Portals) / Actual Edu

“Eduquemos a los niños para formar buenas personas, no para obtener ingenieros”. Esta fue la frase con la que José Antonio Marina, uno de los filósofos españoles más destacados de la actualidad y que más ha investigado sobre la inteligencia y la ética e impulsor de la “movilización educativa”, finalizó su intervención en el fórum “¿Se puede enseñar a vivir?”, celebrado hace ya unos años en Barcelona.

Se trata de una de las frases que más me ha marcado personalmente en mi forma de entender la educación. Y creo sinceramente que se debe analizar de forma rigurosa, puesto que en el contexto de la obra y del pensamiento de este filósofo toledano, no implica rechazo alguno a la ciencia, la tecnología o los conocimientos, sino que únicamente pretende una ordenación ética de los valores de nuestra sociedad actual.

Creo que es obvio, para todos, que no se puede estar en un mundo donde se desprecie a las personas y en donde no se pueda vivir con dignidad y respeto. El objetivo que tenemos para nuestros hijos es que puedan vivir bien en el futuro y ello supone alcanzar las máximas aspiraciones de felicidad, amor, salud y dignidad. Estoy convencido de que la educación es uno de los pilares que nos puede encaminar hacia la dignidad y hacia la felicidad, en torno a la cual giran en el fondo todos los restantes anhelos.

Educar a nuestros alumnos para la dignidad y la felicidad es garantía de excelencia y de eficaz protección de nuestra juventud frente a los riesgos evidentes de unos comportamientos actuales basados en la exaltación a ultranza de la competitividad y del consumismo. Los jóvenes de hoy, serán los ciudadanos del mañana que tendrán en sus manos la responsabilidad de mejorar el mundo en el que vivimos, y únicamente con una buena base y una buena educación podrán contribuir a esa mejora.

Los centros educativos debemos dar una educación de máxima calidad y en consecuencia uno de nuestros objetivos es transmitir conocimientos, pues como dijo Benjamín Franklin “invertir en conocimientos produce siempre los mejores beneficios”, pero no debemos olvidar que la educación integral requiere un trabajo constante en valores para conseguir personas cultas y bien formadas pero que a la vez sean buenas personas.

Una buena persona se mantiene alegre, activa y optimista, no habla mal de los demás y en cambio elogia y sirve sin interés, no engaña ni tergiversa y además sabe perdonar; es paciente y humilde, reconoce sus errores y limitaciones, no se cree poderosa ni mejor que los otros; en la prosperidad no se envanece y en la desgracia no se abate; es sincera, leal y agradecida. En resumen, es una persona feliz y que procura la felicidad para los demás.

Dado que los alumnos pasan muchas horas en el colegio, aquí tenemos un reto apasionante a la vez que complejo, formar buenas personas, y el primer paso para ello es que todo el personal del centro educativo dé ejemplo. Cuando enseñamos con alegría y optimismo, cuando saludamos a todas las personas con las que nos cruzamos y les deseamos los buenos días, cuando agradecemos algo ante la menor oportunidad que tenemos, cuando ayudamos en todo lo que podemos, estamos marcando una forma de comportamiento y de actuar que luego podremos transmitir a nuestros alumnos.

Algunos pueden pensar que es una utopía que un colegio, más allá de cumplir con su misión principal y además hacerlo bien, pueda formar buenas personas. Pero como ejemplo diré que bastantes padres me reconocen a menudo los tremendos logros que hemos conseguido en apenas tres años en nuestro colegio en este sentido, y me hablan de los buenos modales de sus hijos, del respeto que tienen por las personas mayores al tratarles de usted, de su cambio de actitud al saludar habitualmente o dar las gracias en el momento adecuado, etc.

Pienso que formar a nuestra juventud con estos valores y con estos ideales es uno de los aspectos que puede contribuir como decía antes a mejorar nuestro mundo y a desarrollar personas verdaderamente felices. Para ello, sólo hace falta un grupo de buenos docentes muy comprometidos con su trabajo y conscientes de la gran responsabilidad que tienen en sus manos. Precisamente por eso, me gusta comentar a menudo a todo el personal del colegio aquella célebre frase de Margared Mead: “Cree siempre que un pequeño grupo de personas comprometidas y consideradas puede cambiar el mundo. De hecho es lo único que ha conseguido hacerlo”.