| 21/03/2011

Amor y firmeza, la base de una buena educación

Ana Díaz Berbel / psicóloga, psicopedagoga y mediadora familiar, Lledó I.S. / Actual Edu

Una vez, en una entrevista, unos padres de un alumno adolescente  indolente, desesperanzado, sin objetivos académicos realistas, rozando fuertemente el fracaso escolar, solicitaron ayuda con vehemencia al ver que el abandono escolar en su hijo era inminente. En otras ocasiones, padres de alumnos  incluso más jóvenes, transmiten  las situaciones que cada mañana tienen con sus hijos para hacerlos levantar de la cama y acudir al centro,  su desgana, su apatía ante lo escolar.  Muchos padres están empezando a sentirse impotentes a la hora de hacer que su hijo estudie cada tarde, implantando un buen hábito, llevando las tareas con responsabilidad  y manteniéndose así con constancia, con continuidad, con solidez. Esta impotencia está latente en la familia e incluso se generaliza hacia otras áreas distintas a lo escolar.

La infancia de nuestros hijos va sucediéndose generalmente sin grandes problemas en el aspecto escolar. Vamos ayudándoles, vamos aplaudiéndoles, vamos controlándoles… Estamos tranquilos. Son chicos listos que van creciendo “como los demás”; “son niños”. Y todo va transcurriendo hasta que llega un momento en el que no trabajan solos, no se “ponen a estudiar”, no encuentran su sentido, sus objetivos, prefieren dejar de estudiar y optar por el camino del trabajo, y es cuando los padres  deciden no consentir ni un momento más esa actitud de irresponsabilidad, de no cumplir con las tareas escolares  y en concreto, de no acudir al Centro. Se  podría continuar ejemplificando la actitud de unos padres sin armas, sin herramientas, reactivos ante los hechos ya dados.

Esto es lo que está ocurriendo: reaccionamos tras los hechos, creyendo que con las consecuencias impuestas, ejercemos de padres firmes y con autoridad.

Pero no nos estamos dando cuenta de que con este tipo de comportamiento  estamos dejando sin esperanza a nuestros hijos.

Los padres necesitan reaccionar ante los resultados inadecuados, ante los comportamientos alterados de  sus hijos y  esto está bien.  Pero se puede hacer mucho más y por supuesto, mucho mejor y mucho antes.

Qué pocos padres mantienen el equilibrio que nuestros hijos del siglo XXI necesitan sentir. Son niños emocionables, a los que la forma, el trato, les afecta sensiblemente y no tanto el contenido.

Muchos padres estamos muy equivocados: unos evitamos  imponer nuestras opiniones por no entrar en conflicto y otros  intervenimos fuertemente ante cosas que deberían, en parte, dejarse a un lado.

Y nuestros hijos siguen creciendo con unos padres que no son previsibles, que van cambiando de actitud por días.  Parece que la síntesis de todo lo expuesto, nos lleva a valorar que algo falla a nivel teórico: Cuál es la línea de educación que debemos seguir. Si imponemos la autoridad, tendremos a niños estudiando  “sin alma”, sin ninguna motivación, sin encontrar “su sitio”. Si dejamos  a nuestros hijos hacer lo que desean, valorando siempre “que sean felices”, recogeremos quizás, fracaso, abandono, absentismo… Y entonces… ¿qué hacemos?

En Lledó, llevamos  tiempo trabajando en una línea maravillosa, que encaja perfectamente con los padres e hijos en la actualidad. Un padre capaz de controlar a su hijo siempre, estableciendo normas y límites, aplicando consecuencias a la transgresión de los mismos, con mano firme, sin dudas, pero… un padre capaz al mismo tiempo de combinar estos actos con el más puro amor y cariño por su esencia, por su identidad. Haciéndole sentir que vale, que nos gusta, que le queremos por cómo es, aunque su comportamiento haya sido intolerable. Rectificar, penalizar su conducta y a la vez, animar, creer en él y confiar en su persona.

Esto, aparentemente sencillo, es realmente complicado.

Ante una conducta inadecuada, hemos de actuar con firmeza, sin miedo, sabiendo que eso es lo que necesitan nuestros hijos, ayudándoles a  valorar las consecuencias que todo acto tiene en esta vida, pero sin dejar de creer en ellos; manteniendo las expectativas altas, esperando de nuestros niños los objetivos que creemos son los que son.

La línea de Educación basada en el AMOR y la FIRMEZA es la base de una buena educación.

Los padres que no soportan ver “sufrir” a sus hijos manteniendo la constancia y el tesón ante el estudio cada tarde y fin de semana, considerando que ya es suficiente con lo que realizan durante el día en el propio centro escolar, están ayudando a sus hijos a evitar el esfuerzo, convirtiéndose en padres que tienen la balanza de la educación en desequilibrio, y cuando consideran que llega el momento, intentan equilibrarla con dureza o con impotencia, pidiendo ayuda externa o echando culpas fuera, al sistema educativo y a la sociedad.

La educación se construye en casa. En la familia se fijan los cimientos, los hábitos y el esfuerzo. Se forja el carácter. Se transmiten los valores, se marcan los objetivos y se mantienen las expectativas. No importan los fallos. Se sigue en la misma línea.

Un padre reactivo, reacciona ante el inminente fracaso, ante  el desastre.

Un padre proactivo, prevé el camino, el futuro, el éxito.

Y éste es el otro ingrediente de una buena educación: la prevención.

Organiza bien el escenario en el que se mueve tu hijo; no dejes al azar detalles que puedan llevarle al fracaso. Marca un horario, enséñale a gestionar su tiempo, ayúdale a cumplirlo, revisa siempre sus tareas y haz que la mayoría de las veces consiga tener éxito. Eso le dará esperanza. Estate pendiente de sus momentos brillantes y refuérzale. Busca y encuentra esos momentos. TODOS los niños, TODOS, desean tener éxito. Háblale con cariño y con respeto aún en los momentos en los que estés imponiendo una consecuencia. No sufras con su sufrimiento momentáneo. Ve más allá. Mira hacia su futuro. Es tu gran responsabilidad… y mantente firme en lo que deseas para él.

Educar conlleva esfuerzo; y el esfuerzo realizado conlleva satisfacción.